Por todo el amor que no alcanzó

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Basta con cerrar los ojos y ahí está. Su mirada grisácea que se pierde en las gotas de una lluvia de verano. Puedo verla concentrada en su libro de hojas amarillentas, simplemente desgastadas de tanto leerlas. Enfrascada en su propio mundo; en aquellos pensamientos tan ajenos a mi yo del pasado. Es en estos momentos de soledad que lo comprendo todo y, al mismo tiempo, no entiendo nada. Y encuentro en la escritura la única vía de escape posible. Un pequeño desahogo de esa vida que compartimos y en la que fuimos completos extraños. Sólo que no lo supe ver. No supe descifrarnos.

Trato de reconstruir en mi cabeza cuando fue que nos perdimos. Cuando sucedió lo inevitable. Es sólo ahora, al repetirse nuestros recuerdos en mi memoria, que comienzo a vislumbrarlo. Esa pérdida tan temprana que te marcó el alma y la arruinó para siempre. Esa imposibilidad de conectarme con las personas, de ver más allá de la superficie.

La realidad es complicada, hiriente. Y sólo en estos segundos de absurda concentración soy capaz de detectar el trasfondo de lo que tuvimos.

Yo te quise, no tengas dudas. Yo te quiero todavía, lamentablemente para vos. Y la distancia no logra hacer que disminuya esto que siento. Me tortura no saber de vos, no tener noticias.

Por eso escribo. Para pretender por unos segundos que me perteneces de nuevo.

Errónea la percepción. Vos nunca fuiste mía.

Ceguera del ser humano. Egoísmo de la falsa posesión.

Es necesario que lo escriba.

Perdoname, por favor.

Por todo el amor que no alcanzó.

Quimera

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Quimera desesperada por ver la luz del sol.

Fábulas de pequeñas eternidades que se suceden.

Miento y engaño a los ojos extraños que me vigilan.

Artilugios de la mente para abrazar a la irrealidad.

 

Y el deseo ajeno de no repetir las mismas tristezas.

La voluntad fugaz de robarme un destello de nostalgia.

Furia incontenible de un ser incomprendido.

Afloran las palabras de la soledad que me llama.

 

Destiempo y una luna oscura que me recuerda lo que fui.

Aquella humanidad que con tanta angustia aprendí a aborrecer.

Se acabaron los versos, los delirios, los narcóticos.

Y en la locura mundana me dejo llevar, aliviada.

 

Tan hondo. Sólo hasta el fondo de mi yo.

Así nace

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Ella y el viento azulado.

Ella y las luces otoñales.

Búsqueda plena de formas y eufemismos.

Fantasías distorsionadas por la agonía.

 

Él y el cielo difuso.

Él y el destello aniquilador.

Fases de ritos y plegarias absurdas.

Gélidos los pesares que se develan.

 

Y en un medio hostil, degradante.

Los labios se llaman, se descubren.

Intermitencia temporal.

Y así nace.

Eso que llaman amor.

No lo olvides

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-Fue un amor cobarde, de esos que es mejor olvidar…- el resentimiento que escapaba de esos labios femeninos era demasiado evidente. A pesar de percibirlo, Gabriel prefirió callar. Sus palabras habrían sido inútiles; nada la haría cambiar de opinión. Él sabía que ella lo odiaba profundamente.
-Hubieras querido que las cosas fueran diferentes ¿no?- le inquirió con tono pacífico, en un intento por calmar su rabia interna. Entonces Analía lo miró fijamente, como estudiándolo. Esos ojos añiles se clavaron en los de él, y él se quedó absorto por unos segundos, perdido en su mirada. Por un momento fue como si el tiempo volviera atrás. Pero en aquel entonces, las miradas eran tan distintas…tan sólo de amor.
Ella dejó de observarlo, se arrodilló cerca de la orilla, y sus dedos se sumergieron en el agua cristalina del lago. Por un breve instante, se encontraron inmersos los dos en medio del silencio nocturno.
-Sólo…-pronunció con una voz sentida, desconocida para él- sólo quería que ella fuera feliz. La única vez que la vi con una sonrisa verdadera fue en esas fotos, al lado tuyo.-
Él no supo que responder. Después de tantos años lejos, nunca había vuelto a experimentar lo que sintió por ella. La madre de la adolescente que tenía enfrente suyo representaba uno de los pocos recuerdos imborrables que se había llevado de ese lugar. El único, acaso. El volver allí y saber que ella se había ido para siempre, lo hacía sentir aún más culpable. Sin embargo, sus sentimientos permanecían ocultos. Presos de la amargura, incapaces de escapar.
-Para tu desgracia, mi mamá te quería demasiado. Y durante la enfermedad…bueno, digamos que se volvió más sensible. No dejaba de acordarse de todos los momentos con vos…pero eso ya no importa.-se levantó y acercándose a él lo abrazó. Atónito, sin saber cómo reaccionar, continuó inmóvil en su sitio.
-Antes de irse, me pidió que te diera un abrazo.-le susurró, y enseguida se separó de él.
-De todas las personas, ¿ella se acordó de mí?-la pregunta le carcomía el alma por dentro, necesitaba saberlo.- ¿por qué? Si la lastimé tanto, ¿por…por qué?.-No lograba entenderlo. El dolor por su pérdida comenzaba a resquebrajar su coraza de hierro, de estúpida indiferencia.
-Quien sabe…-y le volvió a dirigir la mirada, de ojos azules.-el amor no entiende ni de razones, ni de olvido…eso era lo que ella solía decir.-
La luna, la inconstante luna lo llamaba de nuevo. La contempló taciturno. Como antes, junto a ella. Cada palabra, cada sonrisa retornó a su memoria.
-Tenés razón. Realmente fue un amor cobarde.- y prosiguió, apesadumbrado.-Pero por mi culpa. Ojalá puedas perdonarme algún día.
Los ojos tristes de Gabriel le atravesaron el alma. Ella desvió la vista, y comenzó a caminar en dirección a la avenida principal, de regreso a su casa.
Sin embargo se detuvo por unos segundos y le habló por última vez.
-Ella ya no va a volver. La perdí y no se puede hacer nada más.- las lágrimas comenzaban a deslizarse por su rostro, y ella se las secó enseguida con la manga de la camisa, para que él no las viera.- Simplemente guarda en tu memoria un poco de ese amor y no lo olvides nunca.
Y corriendo, ella se alejó de aquel lugar. Gabriel respiró hondo y sintió como el aire puro le invadía los pulmones. El dolor se disipaba muy despacio.
Te lo prometo, Analía.- pensó para sus adentros.
Y con paso lento, también se marchó de allí, mientras la noche todo lo envolvía.

Sombra

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WOMAN

Vislumbré un jardín en el que deseaba quedarme para siempre.
Simplemente suspendida.
Adormecida en los vaivenes de la vida silvestre.
Entonces supe que lo había hallado.
Y en medio de la oscuridad cotidiana, llamé al viento.

Silencio.
Ecos vacíos de respuestas.

Comprendí, a mi pesar, que el ocaso de su voz ya no me pertenecía.
Distinguí en la soledad de la razón el secreto de mis miedos más profundos.
Alternativas y un dejo de existencia que se resquebraja.
El vuelo de una mariposa frágil, que va al bosque a morir.

Dulces las amarguras de la inconsciencia perdida.
Rota la noche eterna de tanto quererla;
y una luna que se esconde, que se aleja.
Desmoronamiento del mundo interior.

Soy sólo una sombra que vive de ilusiones.
Sumisa. Pequeña.
A la espera de todo aquello que pudo haber sido.
De todo aquello que amé.

Vacío

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Quiero sentir que el eco de tu voz permanece intacto
en algún rincón de esta historia fallida.
Que estepas y cielos de cristal se reconocen en la penumbra.
Viento y cenizas de un imposible sin retorno.
Y una soledad que me consume, me desvela.

Quiero robarte una sonrisa sin que lo descubras.
Mientras las miradas se aniquilan en pensamientos inocuos.
Voy desandando el camino que nos marcó la lluvia.
Indomables los recuerdos donde nos pertenecimos.

Espero y desespero en medio de estos versos tiranos.
Acuso al olvido de mis desgracias terrenales.
Porque ya no sé cómo vivir la vida que me dejaste.
Porque no sé cómo explicarle al amor que nos perdimos.

Mi cuerpo, mi demonio

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Me desperté y el día seguía siendo igual.
Su color, su aroma, su cielo; todo en el mismo orden como meticulosamente lo había dispuesto la madre naturaleza.
Me pregunté cuánto duraría mi encierro entre estas cuatro paredes. Semanas, meses, quizás años.
Inmersa en el calabozo de mis pasiones, en la amargura de mis pensamientos, en el rincón de mi soledad indefinida.
No entendía la gravedad de mi crimen.
Hasta que después de horas y horas de reflexionar, finalmente comprendí. La ceguera de mi subconsciente concluyó de manera abrupta y definitiva.
Se hizo la luz, como suelen decir. Mi propio enemigo había sido yo misma durante todo ese lapso doloroso.
Era inevitable. Verme al espejo y sentirme asqueada. El reflejo mostraba piel y huesos. Mi mente, completamente distorsionada, sólo veía la urgente necesidad de eliminar el alimento de mi organismo.
Primero llegaron los ruegos incesantes de mi madre, implorando con angustia que volviera a ser la de antes. Tan linda y llena de vida como antes. Ella no entendía que él no iba a quererme si seguía así, con el cuerpo deforme.
Deforme…que ciega estaba realmente.
Llegué al límite de odiarme y de odiar infinitamente a todos los que me rodeaban.
Qué alivio cuando pude dar el primer paso. Cuando pude distinguir como mi vida se iba fragmentando si no hacía algo al respecto.
¡Qué alivio! Hoy puedo decir que estoy sobreviviendo a mi calvario, que poco a poco estoy recuperando mi conciencia perdida, mi amor propio, mi paz. Los demonios se alejan…
Vuelvo a sentir de nuevo, digo adiós a las sombras de mi alma.