Y el sueño entonces, es posible.

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En busca de la eternidad inalcanzable, de la humanidad inexistente.

Peregrinaje a aquellos lugares comunes donde somos uno.

Conozco los pensamientos mundanos; el frágil deseo de felicidad.

Sueño, entonces.

Con hallar unos versos tuyos en medio de la soledad.

 

Seres y reflejos de días lluviosos confluyen en el vivir cotidiano.

Falsos diluvios se arremolinan en mi mente confundida.

Nos encontramos inevitablemente en las calles de este Buenos Aires marchito.

La realidad se hace eco de la imaginación contenida.

Nos volvemos a amar, sin esperar que nadie nos añore.

 

Tu mano  y la mía no saben de tristezas ni de olvidos.

Escuchamos, atentamente, la melodía de un viento que nos llama.

Mientras tu boca desdibuja los bordes de la mía.

Mientras las hojas vuelan libres en el gris etéreo del cemento.

 

Despierto a tu lado.

Tu mirada no se aleja, no me esquiva.

Y el sueño entonces, es posible.

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Invisible

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El Principito

Realmente es curioso cómo funciona la mente humana. Si escarbo en mi subconsciente, en la inmensidad de la noche profunda, puedo verla con claridad. Sentada en la vieja máquina de coser, concentrada en la precisión de cada puntada, en las formas de los moldes para confeccionar aquellos vestidos tan delicados. Mi mirada se suspendía en el lunar de su mejilla, en los rulos oscuros de su melena corta. Y su voz potente me llamaba, liberándome del trance en el que me encontraba sumergido. Todavía puedo escucharla; tan cerca se oye que por un breve segundo la ilusión se vuelve real…
5 AM. La alarma repite su sonido sin parar. Despierto. Es hora de volver al trabajo, a las charlas rutinarias de hombres de negocios, enfundados en trajes impecables que no cesan de hablar de cifras, inversiones y dinero. Finjo escuchar con un interés exagerado, mientras sus bocas escupen las palabras superficiales de siempre, y les respondo a la altura de las circunstancias. Con más números, risas falsas y un cigarrillo entre mis labios que encaja a la perfección con el mundo en el que habito. Después de varias horas, decido salir a tomar aire, y en el camino compro unas medialunas en la panadería de la esquina de la oficina. Hoy es un día de pleno sol, ideal para caminar. Cruzo la calle para descansar en la plazoleta repleta de chicos que juegan a la pelota, y padres que los animan con sus gritos desaforados. Y es esa despreocupación, esa liviandad con la que juegan, la que me transporta a unos días lejanos, tan distantes de mi yo actual, que tengo casi la plena convicción de que los olvidé por completo. O quizás se esconden dentro de mí porque duele recordarlos. El nudo de la corbata me asfixia. Lo aflojo y me siento en un banco a relajarme un rato. Un perro callejero, de patas flacas y largas, me mira de reojo desde el otro lado del arbusto de hojas amarillentas. Los dos sabemos que una desconfianza atroz nos separa, pero por alguna razón que no logro entender, el animal se acerca a mí. Sus orejas caídas y su expresión solitaria empiezan a martillarme por dentro. Es entonces que decido compartirle mi comida y él deja que lo acaricie, agradecido. Se queda echado a mi lado unos minutos más, pero una vez acabado el alimento sigue su rumbo. Y el lazo invisible que nos unía se derrumba inmediatamente.
6 PM. Me dispongo a dirigirme al coche, estacionado a unas pocas cuadras. Voy serpenteando las calles adoquinadas, mientras los autos se desplazan rápidamente de un lado a otro. La suave brisa va y viene sin detenerse. El aroma de un gran rosal, repleto de capullos y espinas, interrumpe mis pasos por unos segundos. Hermosas, sí, pero nada del otro mundo, pienso. Y reanudo mi viaje a casa, indiferente, como todas las tardes.
Luego de un par de días, algo me inquieta un poco. Y se hace imposible concentrarme en el trabajo. Sin proponérmelo, él aparece en mis pensamientos con su mirada consumida y su hocico alargado. Si bien dudo que vuelva a cruzarse en mi camino, no puedo evitar recordarlo. Es así que vuelvo al sitio donde lo vi. Nada. Ni rastros de él.
Después de una hora de espera inútil, decido volver a casa. Quiero continuar pero me detengo irremediablemente frente al gran rosal. La fragancia todo lo invade, todo lo envuelve. Cierro los ojos y ahí está ella… la veo de nuevo. La rosa roja adornando el pelo renegrido de mi madre. Una rosa tan única porque es ella quien le da vida con su sonrisa. Me abraza con fuerza y yo me despido de ella en la visión intangible del recuerdo. Entonces siento algo húmedo que me roza la mano. Abro los ojos y él me observa. El perro abandonado de la plaza me siguió sigiloso sin que me diera cuenta, y ahora descansa sobre sus patas traseras a mi lado. Le acaricio la cabeza y él se arrima contra mí, moviendo la cola en señal de reconocimiento. Esa simple acción me hace sonreír, como no lo hacía hace muchos años. La mirada de ese animal, tan transparente, me recuerda sin querer a los juegos, a las risas de aquellos días de mi niñez. Y respiro aliviado, porque finalmente lo comprendo… fueron esos pequeños instantes con mi madre, los que me hicieron feliz de verdad. Sólo que a veces uno se enoja demasiado con la vida, y el dolor de la pérdida consume todo aquello que vale la pena atesorar. Simples segundos de una vida cotidiana tan invisible para los demás y tan importante para mí.
-Vamos a casa- le digo a él, sin saber si me seguiría o no. Todavía había cierto recelo de su parte y sin embargo, creo que se dio cuenta de que me había domesticado. Despacio, nos fuimos caminando por la vereda, mientras el sol empezó a esconderse detrás de un cielo cada vez más y más oscuro.

Reescritura realizada en el taller literario, inspirada en el libro El principito, del autor Antoine de Saint-Exupéry.

Contradicción

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Despedidas. Un dejo de nostalgias, y un te quiero.

Compases marcados por ausencias tuyas, mías.

Y el resonar de unos versos que se funden en el cielo nocturno.

Distancias.

Agonía absurda; besos sin dulzura se difuminan a lo lejos.

 

Esperanza que delata mi búsqueda incesante.

Tu aceptación, tu consuelo. Una utopía inverosímil.

Entonces comprendo, finalmente.

Nunca y siempre no son compatibles.

El sueño fulminó a la realidad.

 

Procesos que la vida no puede evitar.

Incertidumbres.

Condenados a no creer, a no añorar.

Sutil desencanto del adiós.

 

Aire viciado. Fantasmas aletargados.

Y el jamás que nos separa.

El tal vez que nos cuestiona.

Y un nosotros.

Vos y yo. Sublime contradicción.

Hada

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Ecos y voces; trastornada musa que sobrevuela el cielo nocturno.

Y llora. Con lágrimas intangibles, mientras el mundo sigue girando.

Hada de ojos oscuros, buscas un paraíso en medio de las cenizas.

Desilusiones. Mecanismos de dolor.

Nubes rotas y unas lunas que se desdibujan en rostros distantes.

 

Incomprendida naturaleza humana.

Hada azul, acaricias pétalos resecos de días que se desvanecen.

Entonces tu mirada se encandila, se eleva a otros lares.

Y tu sonrisa salvaje alcanza a los solitarios, los tristes.

 

Obnubilada, surcas los vientos del sur.

Latido tras latido, queres que se termine.

Deseas con la profundidad de una estela errante.

Y el sueño se cumple.

 

Lanzas un beso mudo al olvido.

Y cerras los ojos.

Esta vez para siempre.

Lilen

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Aspiró rápidamente el aire, y lo retuvo un rato, antes de dejarlo escapar. La luz verde del semáforo le permitía cruzar la concurrida avenida, pero no lo hizo. Su mirada se enfocó en unos destellos azules cerca del cordón de la vereda. Se acercó y con cuidado, se arrodilló por un momento para verlas mejor. Eran unas flores pequeñas, de pétalos puntiagudos, que se dirigían en varias direcciones, quizás en un intento desesperado por hallar el reflejo del sol. Mientras los transeúntes cruzaban la calle, Lilen descubrió con cierta sorpresa como una mariposa anaranjada se posaba en una de esas flores. Observó la escena por unos segundos más, hasta que el bocinazo de un auto la trajo de nuevo al mundo real. Un poco molesta por la interrupción, se levantó enseguida, cargó la mochila al hombro y se dirigió al colegio.

-Lilen, ya es hora.- la voz provenía de un lugar muy lejano, pero ella no podía distinguir de donde.- ¡Lilen!

Abrió los ojos y pudo sentir como todos la miraban al mismo tiempo. Algunos de sus compañeros reían por lo bajo. Y en un instante, la cara le ardía tanto que casi no la sentía. Pidió disculpas a su profesora Daniela, que suspiró una vez más, y continuó con la clase de matemática.

Atardecía en Amancay, y Lilen regresaba a casa a paso lento, como no queriendo volver. Se sentó un rato a orillas del río que bordeaba la ciudad, y mojó sus pies en el agua cristalina. Murmullos de hojas y pájaros silvestres se confundían, se mimetizaban entre sí. Lilen sonrió, y sus pensamientos se dispersaron en melodías y recuerdos de otros días. De aquello que su abuelo le enseñó una vez y decidió nunca olvidar:

A veces sólo se trata de querer…

De soñar con la libertad de quien no tiene miedo a nada.

De cruzar puentes imaginarios en soledad.

De darle la importancia debida a la simple contemplación.

Y de sonreír Lilen, sobre todas las cosas, sonreír siempre.

Para que el alma no deje de latir.

Siempre…

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Nos acercamos despacio, con cautela. A los recuerdos dormidos en dejos de nostalgias, de suspiros. Perdidos en el viento.

Juntos, soltamos las manos de los que nos conocieron. Los olvidamos en escasos segundos de inocente rebeldía.

Se liberan las palabras, los gestos, las alondras en medio de la gris ciudad.

Los murmullos de las hojas nos animan a seguir el camino repleto de cicatrices.

El reloj me avanza, me interroga. Dudo.

Aguardo una eternidad breve.  Seco unas lágrimas que ya no duelen.

Me sonríen los destellos de un pasado solitario,  ajeno a los miedos de los otros.

Un desencanto tan familiar se apodera del espacio que nos divide, que nos añora.

Comprendo. Repito. Asumo.

Que la muerte es irreversible.

Que la vida es una sola.

Sólo mía.

Y el amor. Siempre el amor entre los dos.

No me despiertes todavía

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No me despiertes todavía…

Dejame que te cuente de aquellos lugares sin luz

donde lo quise; donde él y yo nos pertenecimos.

Dejame que te susurre, mientras la lluvia envuelve la ciudad,

palabras de otros días en los que fui feliz.

 

Nostalgia marchita, marcada de desesperanzas.

Rastros minúsculos de fugaces sonrisas.

Fue una historia repetida, igual que otras historias del ayer.

Y aún así, se sintió tan única…

Tan mía.

 

Dejame que te lleve a aquel beso inocente,

a esa mirada de ceniza que tanto amé en silencio.

A los recovecos de mi subconsciente donde él me habita.

Todavía.

Donde cada noche soy testigo de lo que perdimos.

 

Gotas de rocío, desgarradora realidad.

Abro los ojos, me ignoran los versos.

Me sumerjo en el gris etéreo de la soledad.

Desaparezco en medio de la gente invisible.

 

Desenfocada. Ausente. Muda.

Todo transcurre. El mundo carece de visiones.

Sólo me importa la noche, la oscuridad, su ternura.

Para volver a tenerlo conmigo.

Todavía.