Corazón

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Corazón…
Me encuentro esquiva, con una incertidumbre calándome los huesos.
Con vidas posibles que se desvanecen ante mí.
Sin poder respirar. Sin poder arriesgarme.
Todo por este miedo atroz de conocer la absoluta infelicidad.

Por eso me escondo, me hundo en mis pesares.
Y no logro salir adelante. No puedo hacerlo.
Necesito de tu aliento para ser libre.
Necesito de tu voz para salir de la oscuridad.

Es vital que me recuerdes la sensación palpitante de dejarme ir.
De volar tan lejos que no me alcancen los ojos para tanto cielo.
Es necesario que despiertes mis sentidos y me ayudes a comprenderlo.

Por favor, dame la fuerza para ser yo misma.
Para no ocultarme más y ver ese mañana que anhelo desde hace tiempo.
Para no llorar por todo lo que pudo ser,
por todo aquello que no me atreví a soñar.

Saberte imposible

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Medianoche y este insomnio que no me deja conciliar el sueño.
Vuelve a mí la sensación de tenerte cerca; de acariciarte el alma.
Se nublan las voces del recuerdo compartido en la quietud nocturna.
Me ahoga el escalofrío de esta espera absurda, inaccesible.

Necesito respirarte la piel y dejar atrás a mi otro yo.
Ese que no puede quererte como quisiera.
Entonces decido que la música nos una otra vez.
Que surque el espacio plagado de intermitencias… esa distancia que me martiriza.

Y esta melodía que retumba entre mis dedos,
que anhela entrometerse en tu vida, fluye solitaria.
Porque no somos nada. Nunca lo fuimos.
Y esa certeza es la que me mata poco a poco, amor.

Esa certeza de saberte imposible.

Sólo vos y yo

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Un beso arrojado al viento.
Una palabra no dicha que se estremece.
Una flor marchita enmarcada en la pared.
Y un te quiero sobrevolando la ciudad.

Una carta escrita hace tiempo.
Un libro que nos marcó el alma.
Un invierno intenso y desolador.
Y unas veletas que lloran al alba.

Mil vidas corriendo en los andenes de cada estación.
Todas llenas de preguntas inciertas, difusas.
Y en medio de tantas voces y tantas soledades…
Los dos. Una vez más.
Sólo vos y yo.

No es amor

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Si controla cada uno de tus pasos, de tus pensamientos.
Y lo esconde bajo la máscara de un te quiero.
No le creas. Eso no es amor.
Si tortura tus días con palabras constantes de odio.
Y luego te dice que lo perdones, que no va a pasar de nuevo.
No le creas. Eso no es amor.
Si aniquila tu confianza hasta convertirla en polvo.
Y minimiza tu dolor con caricias en la frente.
No le creas. Eso no es amor.
Si tus ojos duelen de tanto llorarlos y tu boca sangra una vez más.
Si te destruye el cuerpo poco a poco y no deja nada de vos.
Sólo una vez más.
No le creas. Eso no es amor.

El amor es libre… no juzga, no señala, no maltrata.
No es miedo.
No es agonía.
El amor no es muerte.
Vivas nos queremos. Siempre.

Pozo

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Se siente frío. Solitario.
Tan vacío que me ahogo por dentro.
Es un paraíso distinto al que soñamos alguna vez.
Efímero. Inaccesible.

Sólo puedo ver las lágrimas invadiéndote el alma.
Mientras las voces se diluyen en gris espera.
Sólo puedo oír los latidos desesperados por la ausencia.
Mientras te arrullo con melodías de un pasado compartido.

Así es esta muerte que nos separa, amor.
Esta agonía que nos repite lo que odiamos saber.
Ya no hay lluvia que nos sonría en medio de la noche.
Ya no hay belleza en las hojas que acaricia el viento.

Del otro lado, la quietud se asemeja al dolor.
Y aquel monólogo de los pensamientos se hace visible en la oscuridad.
Este deseo irrefrenable de quererte.
Estos versos rotos que ya no pueden consolarte.

Así es esta muerte que nos separa, luna mía.
Certera.
Inconmensurable.
Con un dejo de tristeza y un abrazo partido.

Está ahí

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Está ahí.
Su voz es sutil, apenas se oye entre la multitud.
Pero puedo sentir que me llama del otro lado.
Golpea mi sien, me tortura en el silencio.
Está ahí.

Aunque intente cubrirlo de excusas.
Aún cuando mi conciencia quiera esconderlo.
Esta ahí.
Latiendo fuerte, queriendo encontrar su rumbo.

Pero lo callo. Lo ignoro. Lo pierdo.
Y él sigue insistiéndome en la oscuridad.
Que no lo olvide.
Que no lo borre de mi memoria.

Él me susurra con un dejo de nostalgia.
Que no lo abandone, porque me estaría abandonando a mí misma.
Me suplica en medio del mar indómito, absurdo.
Rozándome los pensamientos como una brisa lejana.

Y me pide que por favor no le arrebate la oportunidad de despertar.
De resurgir, de vivir a mi lado para siempre.
Mi sueño está ahí, batallando conmigo.

Depende de mí. Tan sólo de mi.
Que vea la luz de un mañana infinito.

Acababa de llover

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rain

Acababa de llover. La canchita estaba llena de barro, pero poco nos importó a mis amigos y a mí. Jugamos igual al fútbol, poniendo el alma en cada jugada, en cada amague con la pelota de trapo. Esa tarde nublada fue gloriosa para mi equipo. Habíamos ganado dos a cero, y uno de los goles lo había hecho yo. Lleno de alegría, fui corriendo rápido por las calles de tierra, todo embarrado, para contarle a mamá mi proeza.
-Mamá, mamá, ganamos el partid…- no continué mi relato, porque adentro estaban unas vecinas, junto a mi hermana Josefina y mi tía Isabel. La preocupación era evidente en sus rostros. Mi madre estaba recostada en el catre, con los ojos entrecerrados. Su frente estaba llena de sudor, y su semblante, tembloroso. Luego de unos minutos, con la ayuda del marido de Nelly, una de las vecinas, la llevaron al hospital del pueblo. El tiempo pasaba lento y las novedades no llegaban. Lo único que hacía era repetir una y otra vez que quería verla, le pedía a Josefina que me llevara con ella. Después de varias horas, que se hicieron eternas, el doctor apareció finalmente.
-No se pudo hacer nada…la infección estaba muy avanzada.- Con una mirada significativa, observó a todos los presentes- ella falleció. Lo siento mucho.
Que frías resonaron esas palabras en la salita de espera. Que frías y que distantes retumbaron en mi cabeza esas palabras, desgarrándome el alma a tan temprana edad.
Mi tía Isabel intentó consolarme, pero no quise escucharla. Me alejé corriendo, sin derramar ni una sola lágrima. Lejos, tan lejos como pudiera.
No, no podía ser… mi mamá no me podía haber dejado solo. Ella, quien trabajaba duro para que nada nos faltara, la mujer que cosía y cosía sin parar, la de la sonrisa franca. No podía ser cierto.
No lloré; no quería aceptarlo. La noche me envolvió por completo y las estrellas con su brillo de siempre parecían ignorarme. Después de una intensa búsqueda me encontró Marcos, el almacenero de la cuadra; yo estaba acurrucado en un rincón de una casilla abandonada. Me acarició la cabeza y me dio unos chocolates, de esos que tanto me gustaban, y en silencio me llevó de regreso con mi hermana y mi tía.
El sol despuntaba en lo alto del cielo. Ya era hora. Sólo cuando vi el ataúd humilde de madera siendo enterrado, cuando vi su pequeño retrato junto a la cruz, sólo entonces fui capaz de reaccionar.
Todos los momentos valiosos vividos a su lado, el trabajo compartido, cuando me acompañaba a la escuela, las comidas preparadas por sus manos, su voz…
-¡Mamá, no te vayas! ¡Mamita, no me dejes, por favor!- grité con todas mis fuerzas, mientras las lágrimas calientes brotaban de mis ojos. Quise aferrarme al ataúd; no me dejaron. Ella ya estaba muy lejos…en un lugar donde yo no podía alcanzarla.

Pasaron muchos años desde esa noche triste. Me fui de mi pueblo natal y construí una vida en la ciudad de Buenos Aires. No obstante, la añoranza por tantos recuerdos me hizo volver. Con mi familia, decidimos visitar el cementerio y mi hija Luz colocó unos lirios azules en la tumba de mi madre.
Al ver de nuevo la foto borrosa de su retrato junto a la cruz, es que empecé a comprenderme un poco más a mí mismo. Siempre fui incapaz de expresar mis emociones; tal vez por esa pérdida tan dolorosa de mi infancia. Sin embargo, ese día era diferente. Mi mujer y Luz me abrazaron, cariñosas. En aquel instante, sin poder evitarlo, las lágrimas calientes volvieron a rodar por mi rostro, como aquella vez, a los diez años. Pero el dolor se había desvanecido. Sólo permanecía vivo dentro de mí su amado recuerdo…tu hermosa sonrisa, mamá.

Renacer

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Mi voz ya no busca los cielos que alguna vez te tocaron el alma.
Necesita desprenderse de aquel reflejo de luna que nos vició la razón.
Callarse la tristeza y avanzar hacia los puentes que nos dividieron.
Y en el murmullo incesante de la hojarasca develarte el secreto.

Amor…
Extraño la sensación del viento rozando nuestra intimidad.
Condena absurda que me arrebata la sencillez de tu sonrisa.
Pero es vital seguir el camino del adiós.
Penando me desligo de mi ser y respiro profundo en el frío nocturno.
Sin ataduras ya, soy capaz de comprender esta nueva realidad.

Amor…
Te recuerdo y al mismo tiempo te olvido.
Para que los restos de lo que ya no soy renazcan en otra parte.
Te recuerdo y al mismo tiempo te olvido.
Para que una canción atraviese los latidos que dejaron de existir.

Melodía olvidada

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Una melodía olvidada se escapa de esos labios tristes.
Y puedo distinguir la soledad en aquellos ojos de ceniza.
Serenidad palpable en medio del silencio; el viento que nos despide.
Un mundo girando en un tiempo que nunca espera.

Lágrimas grises se delatan en la oscuridad que me abraza.
Y esa ternura de estelas que deseo encontrar me ciega.
Descifrarte los pensamientos; vislumbrarte el alma.
No alcanzan las voces para recuperar lo que perdimos.

Si pudieran devolvernos ese dejo de nostalgia.
Esa dulzura que nos susurró al oído la primera vez.
Si tan sólo fuera posible hallarnos en la sombra del hoy.
Fases de lunas eternas que me recuerdan lo que fuimos.

Una melodía olvidada se escapa de esos labios tristes.
Y puedo distinguir la soledad en aquellos ojos de ceniza.
Vagando en noches absurdas, en oscuridades mundanas.
Un amor girando en un tiempo que nunca espera.

Agonía

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Estaba lista para dejarme ir a mí misma. Para escapar de esta memoria nefasta que sólo me recordaba la infelicidad que rondaba cada uno de mis días y de mis noches. Todo estaba perfectamente planeado. La carta de despedida descansaba sobre la mesa de luz. Se la dejaba al único amigo real que había tenido en el mundo. Me dolía tener que causarle esta angustia, y sabía que no me lo iba a perdonar, pero mi dolor era más grande; era más importante ya no sentir nada. La brisa nocturna se colaba por la rendija de la ventana y el perfume a lavandas se entremezclaba con mis pensamientos. Era una noche despejada, con una luna brillante…digna de una película de amor. Sólo que en esta historia él no estaba a mi alcance; nunca lo estuvo. Teniendo eso claro, el deseo irremediable de desaparecer para siempre se convirtió en mi obsesión. Finalmente logré estar preparada, libre de las ataduras de esta vida. Entonces le permití a la oscuridad que hiciera su trabajo; que borrara todo este pasado mío, este ahogo, este desamor que tanto me había lastimado el alma…
El reloj avanzaba lento. Ya habían pasado cinco meses desde esa noche fría del 7 de julio. Julián la contemplaba silencioso, mientras ella parecía dormir apaciblemente. Sin embargo, unos aparatos conectados a su cuerpo indicaban que su situación era otra; su aspecto demacrado hacía difícil creer que ella fuera la hermosa mujer que él conoció algunos años atrás. Aquella que encandilaba a las personas con su voz profunda y llena de sentimiento todas las noches en su show de tango. Pero fueron sus ojos almendrados, esos que ocultaban cierta melancolía, los que invadieron la mente y el corazón de Julián.
Empezó a frecuentarla. Las tardes soleadas fueron testigos de sus encuentros en distintos cafés del barrio de San Telmo. Se llamaba Anabel. Tenía su misma edad y un cabello largo negrísimo, que resaltaba aún más sus facciones delicadas. Sin embargo, a pesar de la conversación animada, su mirada siempre estaba como perdida, ajena. Ensimismada en unos recuerdos a los que él no tenía acceso y que, por miedo a perder su amistad, tampoco insistía en conocer.
Una noche, mientras él iba al camerino a saludarla, escuchó la discusión entre Anabel y un hombre del cual no reconocía la voz.
-Por favor no te vayas, no podés dejarme, por favor…- le rogaba desesperada.
– A ver si podes entenderlo, se terminó, no te quiero ver más… ¡grabátelo en la cabeza de una vez!- le gritó hiriente aquel desconocido.
Al salir, un hombre alto de traje azul chocó con Julián, y sin disculparse, se marchó rápido del lugar. Anabel estaba arrodillada en el suelo, con los ojos almendrados llenos de lágrimas. Julián se acercó a ella y la abrazó con ternura. Pero ese consuelo no alcanzó para ella y las consecuencias no se hicieron esperar… 
Después de tanto tiempo en el hospital, mientras Julián aún la vislumbraba con la mirada triste, ella abrió los ojos finalmente.
-En..enfermera, ¡venga rápido!- gritó él, precipitándose hacia la puerta, como un loco.

5 años después…
Abrió el sobre rápidamente y leyó las líneas escritas prolijamente con tinta azul.
“Esta tarjeta es para alguien muy especial…un gran amigo que me rescató en todas las formas posibles. La nieve lo está cubriendo todo a mi alrededor, pero el sol está saliendo de a poquito. Te espero, impaciente…no tardes mucho Julián. Te prometo que esta cena de año nuevo va a ser diferente; hay algo muy importante que tengo que decirte.
Anabel”

A pesar de la lluvia y el cielo plomizo, una sonrisa tímida se escapó de los labios de Julián.