Latidos, alma y versos…

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Latidos. Uno tras otro, se develan en la soledad tan conocida para mí.

Murmullos de antiguos pesares surgen de la turbulenta desdicha.

Con una fuerza infinita, se derrumban las inseguridades.

 

Alma. En ella se repite un anhelo que no deja de crecer.

¿Debo alejarte de mí?

No quiero.

¿Debo olvidarme de vos?

No puedo.

 

Los imposibles carecen de importancia en este peregrinaje.

El sentimiento es inalcanzable, apenas perceptible en la oscuridad.

Pero está ahí.

Luchando contra el caos de los pensamientos; de la razón que todo lo frena.

 

Versos.  Aquellos que desbordan irrefrenables y se disipan a lo lejos.

La calle está fría, los sueños un poco rotos.

Y aún así, con los nervios destrozándome por dentro.

Tomo tu mano y lo digo.

 

Te amo.

Te amo con latidos, alma y versos.

Te amo para siempre.

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Confesión

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Las yemas de sus dedos apretaban con fuerza el sobre, casi estrujándolo por completo. Maldita indecisión. Azul temblaba sin quererlo, mientras un sudor frío le recorría el cuerpo. Respiro hondo por quinta vez.

Entonces, se sentó un momento en el banco de piedra gris, corroído por las inclemencias del tiempo. Analizó las probabilidades. Tan pequeñas; apenas perceptibles.

Pensó y reformuló en su mente las frases que planeaba decir de una y mil maneras. Pero era inútil. Sabía que frente a él iba a ser imposible pronunciarlas.

Simplemente no era capaz. Un suspiro se escapó de sus labios y guardó el sobre arrugado en el bolsillo derecho de su mochila. Quería irse de ahí cuanto antes. No podía.

-Che, ¡gracias por esperarme!- gritó Andrés,  mientras se acercaba a ella rápidamente, y continuó- me demoré un poco porque estuve ayudando a la profe a guardar las pelotas de básquet.

-No es nada…si siempre volvemos juntos, obvio que te voy a esperar.

Azul desvió su mirada enseguida. No quería que se diera cuenta de lo mucho que anhelaba ese momento del día.

Hablaron del colegio, de sus amigos, del viaje de egresados que se avecinaba. Con cada paso que daban juntos, los latidos se desbocaban sin razón. Pero ella trataba de disimularlo a toda costa.

-Bueno, acá doblo yo, así que nos vemos mañana en clase y te pido que me ayudes con la tarea de matemática, que no entiendo nada.

Y se sonrió con esa picardía tan suya; como ella lo recordaba cada noche antes de dormir.

-Dale, ¡nos vemos!

Lo despidió con un beso en la mejilla y siguió su camino. Con cada segundo que pasaba, la tristeza se hacía más y más evidente.

Entonces, una ráfaga de viento le acarició fugazmente el rostro.

“Quizás mañana”

Y ese sólo pensamiento bastó para consolarle el alma.

Penares

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Incandescentes son los pensamientos que nublan mi cordura.

Dulzura incontrolable flota en el aire viciado por la soledad.

Distancias que nos separan; inmensas las ansias de rozarte el alma.

 

Me aturde el deseo de hallarte en medio de la ciudad desolada.

Imposible. Y la triste realidad se refleja en las noches de insomnio.

La espera enmudece ante tanto penar.

 

Y entre las hojas rotas de tanto mirarlas, comienzo de nuevo a extrañarte.

Pobre ilusa que no sabe vivir sin el sonido de tu voz.

La luna, mi adorada luna me ilumina con sus destellos de ceniza.

 

Mientras la gente desaparece, se difumina la negrura crepuscular.

Aletargada, ausente.

Aguardo un beso invisible que nunca va a llegar.

 

Y es en el abandonado territorio de mi subconciente.

Que lucho irremediablemente con este desamor.

Duele demasiado vivir perdida en aquel nosotros.

Duele demasiado tener que decirte adiós.

Desconexión

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-Tenés una de las miradas más dulces y más tristes a la vez, ¿por qué será?

La pregunta resonó en medio del aire que nos envolvía pero la respuesta nunca apareció; Malena decidió simplemente ignorarla. Y entonces enfocó sus ojos en el cielo nocturno.

Mientras la contemplaba en silencio,  lamenté de nuevo mi torpeza. No había elegido las palabras adecuadas para atenuar la distancia entre los dos.

Las luciérnagas sobrevolaban las plantas del jardín de la casa de ladrillos desteñidos por las lluvias. Se posaban especialmente sobre unas pequeñas flores blancas, que sólo se abrían en las noches de luna llena.

Entonces la magia sucedía. Envuelta en tu campera gruesa, comenzabas a acariciar sus pétalos y una sonrisa se adueñaba de tu rostro.  Tan hermosa y serena.

Tan ajena. Cuanto hubiera deseado ser la razón de esa felicidad espontánea.

¿Qué recordabas Malena? ¿A caso tu infancia, el perfume de otras primaveras?  ¿Algún viaje lejano, compartido en la juventud?

¿O quizás aquellos días donde todavía te importaba…donde todavía me querías?

Sabrán disculparme.  Hay momentos en los que la ilusión se divierte conmigo.

Ya es hora. Te tomo del brazo con delicadeza. Y despacio,  con calma, volvemos a la realidad de todos los días. Donde tu mente ya no es tuya. Donde tu alma ya no es mía.

Como un beso

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Ellos se miraron con una intensidad triste; como se miran aquellos que son olvidados por el ojo humano. Impasibles al ruido y al silencio. Como si estuvieran suspendidos en un espiral de cicatrices. Y en ese juego atroz de corazones rotos y luces intermitentes, decidieron compartirse el alma. Fueron desgranando el complicado acertijo que configura la vida. Se dejaron llevar por la improbable conexión que los unía.

Por primera vez, sólo importó quererse un poco, y otro poco más, hasta quedarse sin aire de tanto sentirlo.

Se esperaron, se recordaron, lloraron juntos. Las emociones los atravesaban, los aturdían sistemáticamente. No alcanzaba la inmensidad de las palabras para describirlos a los dos.

Se necesitaban y se repelían a la vez. Con una tenacidad incomprensible para los demás.

A través de los años se consumieron sus pasiones, sus sueños, pero ellos seguían entrelazando sus dedos con la misma fuerza.

Y cuando la muerte les sonrío en la cara, ellos le sonrieron también. Porque sabían que no los iba a separar.

Porque tanto amor no se acaba; nunca se acaba.

Sólo trasciende y se eleva.

Vuela libre.

Como un beso arrojado al viento.

Alma

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Entre tu recuerdo y las voces glaciales de la gente, despierto.

La ventanilla del tren me devuelve los restos del sol.

Sé perfectamente que no hay mañana para tu boca y la mía.

Pero te sigo esperando.

 

Perdoname si no puedo sacarte del cuerpo.

Creo que el tiempo no es suficiente.

No alcanza para amarte todo lo que quiero.

Ni tampoco para odiarte todo lo que me gustaría.

 

En los cielos nublados siempre te busco.

Me encanta olvidarme de tu adiós.

Imaginar que nunca salió de vos esa palabra hiriente.

 

Entonces te escribo, una vez más.

Y esa simple acción me reconforta…

Las sombras se disipan sabes.

 

Aunque ya no esté en tu pensamiento,

Una certeza se apodera de mi.

Fui tu amor.

Y con eso le basta a mi alma para continuar.

Contra las cuerdas

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Me observas fijo, tan fijo que la ira se hace visible en tus ojos oscuros; puedo sentir como los restos de tu fingida compostura desaparecen en el ceño fruncido de tu cara. Te veo apoyarte contra las cuerda rojas, del lado derecho del cuadrilátero y en un dejo de nostalgia quizás, las comenzas a acariciar con las yemas de los dedos, como si ellas fueran una vía de escape de la realidad. Como si perdiéndote en tus recuerdos de boxeador estrella, de glorias cuasi olvidadas, pudieras encontrar un poco de paz. Pero es imposible para vos, para tu ego machista y dominante. Poco a poco, la comisura de tu boca se curva despacio, cambia y  se transforma en aquella mueca torcida, tan lastimosamente conocida para mí. Te molesta mucho, lo sé. El aire entre los dos se vicia y nos ahoga en el silencio que configura mi respuesta ante tanta negatividad de tu parte. Entonces escupís tu veneno. Me repetís con tu voz ronca que no sirvo para ser actriz, que es una pérdida de tiempo absoluta. No te entra en la cabeza que estoy creciendo, y que necesito jugármela por un deseo que vive dentro de mí desde que tengo uso de razón. Quiero equivocarme papá. No me importa si no me sale. Si me cuesta. Si soy rechazada o humillada. Necesito intentarlo una y mil veces. No determines con tanta seguridad lo que el futuro tiene reservado para mí.

Me acerco a vos despacio, con los collares y las plumas de colores tornasolados resaltándome la piel clara. Convertida en un mamarracho, como dijiste vos, e intento por última vez convencerte de que me acompañes a mi primera audición. Te miro con la intensidad propia de quien no tiene miedo. Nos repelemos papá y aunque muy en el fondo te gustaría alentarme, sé que no vas a hacerlo. Te gana el orgullo. Ese estúpido orgullo que nos aleja a pesar de estar del mismo lado del ring.