Cenit

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Si alguna vez caminan por estos lares, se darán cuenta de que la ciudad de Cenit ha sido arrasada por el fuego. Apenas sobreviven algunos arbustos pequeños, cuyos frutos rojizos tienen un sabor bastante amargo. La entrada, un antiguo arco de piedra caliza, que antaño se hallaba adornado de bellas enredaderas y flores moradas, hoy sólo es una sombra de aquello que fue; restos de roca oscura se amontonan en la base destruida por el incendio. Al adentrarse en sus calles, uno siente que se pierde en un laberinto interminable de casitas bajas y oscuras, donde los seres que las habitan van marchitándose lentamente. La posada, punto central de la ciudad, aún conserva la elegancia en sus columnas de granito, un tanto descoloridas por el accionar del tiempo. Los pocos viajeros que se aventuran a visitarla, la recorren con sumo recelo, temerosos de que los consuma la soledad y la pena del lugar.

Los habitantes se mantienen gracias a las minas de carbón, ubicadas en lo profundo de la montaña lunar. La llaman así porque en las noches de luna llena, los reflejos nacarados la iluminan por completo.

Los mineros trabajan duro y sin descanso, y venden a otros pueblos el preciado material para que el invierno pueda soportarse con más facilidad. Aunque ellos no lo digan, se hace evidente la tristeza en sus ojos durante la época de sequía; como si  buscaran en el desierto que los rodea un oasis que los devuelva a la existencia que tenían; aquella que ya no les pertenece por obra del destino, de los dioses o de la naturaleza misma que busca recuperarse del daño del hombre.

Sin embargo, en ciertas ocasiones, cuando la lluvia aparece y derrama su bendición sobre la ciudad olvidada, las almas perdidas renacen y se escapan por un momento del encierro. Mientras recorren en caravana las calles cubiertas de polvo y ceniza, recitan con voces audibles los nombres de sus seres queridos. De todos aquellos a los que abandonaron al partir de este mundo. Y las sonrisas de los vivos  se dispersan en cuestión de segundos. El abuelo acaricia la mejilla del nieto que ya no está; aquel que juega en paraísos errantes. El último beso de la esposa, dormida para siempre, se deposita en los labios de su amor. La adolescente rebelde abraza con fuerza a su mascota adorada, ajena a las vivencias terrenales. Los pilares de mármol de la iglesia, cubiertos de neblina, se colman de recuerdos; los cristales dejan traslucir la luz mortecina de pares de ojos, labios, cuerpos que se descubren en la oscuridad. En la ciudad olvidada de Cenit, uno llega a comprender que no existen las despedidas, porque siempre resurge el encuentro anhelado con quienes se fueron. Muchos dicen que son puros delirios de la gente, enloquecida por las consecuencias del incendio. Otros como yo, creemos que la posibilidad se alimenta de  ilusiones infinitas, ¿acaso es un absurdo pensar que nadie muere si el recuerdo se mantiene intacto dentro del alma?

2 comentarios en “Cenit

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