De la luna

Estándar

cerilla

Entré a la clase sin mucha expectativa realmente. Sin ganas de comenzar; sin ansiedad alguna por aprender.

Me vi rodeada de mis compañeros y me sentí tan diminuta a su lado. Todos estaban emocionados por lo novedoso de la universidad. Mientras sus voces inundaban el espacio que nos separaba, detuve mi mirada en una mancha de humedad sobre la pared. Tan  atrayente para mi mente distraída.

Cuando los murmullos se acabaron, entendí que era hora de terminar con mi absurda contemplación. Entonces empecé a copiar todo lo que el profesor decía de forma mecánica y a cada pregunta que él hacía, respondía la voz de la alumna aplicada que al parecer todo lo sabía. Algunos reían por lo bajo; yo debo admitir que la admiraba y detestaba a la vez. Creo que deseaba tener una milésima parte del interés que ella intentaba demostrar a toda costa.

Al terminar la hora, me fui rápido de la clase, no quería perder el tren. Con un poco de suerte tal vez fuera posible sentarme del lado de la ventanilla. Me gusta cuando el reflejo del sol se cuela a través de mis pestañas. Cuando siento la calidez del atardecer en la cara. La gente, corriendo de un lado para otro, no presta atención a esas cosas. Lo considera una completa pérdida de tiempo.

Llego a casa temprano. Pero todo se repite. Las mismas cenas, la conversación prácticamente nula. El escenario y los actores de siempre se saludan.

Luego de una hora tediosa, al fin tengo acceso a mi guarida personal. Me recuesto en mi cama, tomo el libro desgastado de mi mesita de luz y examino atenta la cubierta de cuero negro y letras plateadas. Lo abro con delicadeza, como si lo descubriera por primera vez y aspiro el olor de sus páginas amarillentas. Las recorro suavemente con las yemas de los dedos. Busco entre las distintas páginas hasta que finalmente la encuentro. Mi frase preferida:

“Usted no es como los demás. He visto a unos cuantos. Lo sé. Cuando hablo usted me mira. Anoche, cuando dije algo sobre la luna, usted la miró. Los otros nunca harían eso. Los otros se alejarían, dejándome con la palabra en la boca. O me amenazarían. Nadie tiene ya tiempo para nadie.”

El ruido de una sirena a los lejos me devuelve a la realidad. Mientras mis padres siguen enfrascados con la televisión, salgo un rato afuera sin que lo noten. Me pongo la capucha oscura sobre la cabeza, y empiezo a caminar por las calles desiertas. Se van deformando los segundos con cada paso que doy en la penumbra.

El aire nocturno me ayuda a despejarme. Voy serpenteando las veredas grises sin detenerme. Una vez cerca de la avenida más concurrida del barrio, donde la gente pasa sin mirarse, sin siquiera inmutarse por la presencia del otro, lo distingo claramente; un chico alto, de pelo castaño que se detiene y dirige sus ojos al cielo oscuro, como intentado hallar un punto exacto que no logra encontrar.

Él respira hondo y exhala un suspiro que libre se pierde en el firmamento. Entonces toma el botellón que venía cargando desde hace rato al hombro y se tira encima el líquido que contiene el envase; se va desparramando sobre su cabeza, sobre su cuerpo entero, mientras una sonrisa aparece en su rostro. Y al terminar esa simple acción, saca un pequeño fósforo del bolsillo. Sin querer se da cuenta de que lo observo, porque me devuelve la mirada con la misma intensidad. Me observa con una fijeza extraña, como si pudiera leer mis pensamientos. Tal vez presiente que no somos tan distintos; que compartimos un mismo deseo. Quizás sabe que no voy a detenerlo. Y en el silencio telepático de las miradas, me lo agradece. Se produce un chasquido inocente, apenas perceptible para el ojo humano. Con seguridad, arroja la cerilla a sus pies.

Y las llamas, orgullosas, lo van devorando poco a poco, mientras los gritos de la gente lo invaden todo a su alrededor. Y el rojo intenso de su figura consumiéndose, más intenso se vuelve para mí. Inmóvil me quedo allí, petrificada si se quiere, mientras agradezco haber sido comprendida en ese minuto final e irreversible.

Reescritura realizada en el taller literario, inspirada en el libro Fahrenheit 451, del autor Ray Bradbury.

5 comentarios en “De la luna

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