Confesión

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Las yemas de sus dedos apretaban con fuerza el sobre, casi estrujándolo por completo. Maldita indecisión. Azul temblaba sin quererlo, mientras un sudor frío le recorría el cuerpo. Respiro hondo por quinta vez.

Entonces, se sentó un momento en el banco de piedra gris, corroído por las inclemencias del tiempo. Analizó las probabilidades. Tan pequeñas; apenas perceptibles.

Pensó y reformuló en su mente las frases que planeaba decir de una y mil maneras. Pero era inútil. Sabía que frente a él iba a ser imposible pronunciarlas.

Simplemente no era capaz. Un suspiro se escapó de sus labios y guardó el sobre arrugado en el bolsillo derecho de su mochila. Quería irse de ahí cuanto antes. No podía.

-Che, ¡gracias por esperarme!- gritó Andrés,  mientras se acercaba a ella rápidamente, y continuó- me demoré un poco porque estuve ayudando a la profe a guardar las pelotas de básquet.

-No es nada…si siempre volvemos juntos, obvio que te voy a esperar.

Azul desvió su mirada enseguida. No quería que se diera cuenta de lo mucho que anhelaba ese momento del día.

Hablaron del colegio, de sus amigos, del viaje de egresados que se avecinaba. Con cada paso que daban juntos, los latidos se desbocaban sin razón. Pero ella trataba de disimularlo a toda costa.

-Bueno, acá doblo yo, así que nos vemos mañana en clase y te pido que me ayudes con la tarea de matemática, que no entiendo nada.

Y se sonrió con esa picardía tan suya; como ella lo recordaba cada noche antes de dormir.

-Dale, ¡nos vemos!

Lo despidió con un beso en la mejilla y siguió su camino. Con cada segundo que pasaba, la tristeza se hacía más y más evidente.

Entonces, una ráfaga de viento le acarició fugazmente el rostro.

“Quizás mañana”

Y ese sólo pensamiento bastó para consolarle el alma.

Penares

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Incandescentes son los pensamientos que nublan mi cordura.

Dulzura incontrolable flota en el aire viciado por la soledad.

Distancias que nos separan; inmensas las ansias de rozarte el alma.

 

Me aturde el deseo de hallarte en medio de la ciudad desolada.

Imposible. Y la triste realidad se refleja en las noches de insomnio.

La espera enmudece ante tanto penar.

 

Y entre las hojas rotas de tanto mirarlas, comienzo de nuevo a extrañarte.

Pobre ilusa que no sabe vivir sin el sonido de tu voz.

La luna, mi adorada luna me ilumina con sus destellos de ceniza.

 

Mientras la gente desaparece, se difumina la negrura crepuscular.

Aletargada, ausente.

Aguardo un beso invisible que nunca va a llegar.

 

Y es en el abandonado territorio de mi subconciente.

Que lucho irremediablemente con este desamor.

Duele demasiado vivir perdida en aquel nosotros.

Duele demasiado tener que decirte adiós.

Desconexión

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-Tenés una de las miradas más dulces y más tristes a la vez, ¿por qué será?

La pregunta resonó en medio del aire que nos envolvía pero la respuesta nunca apareció; Malena decidió simplemente ignorarla. Y entonces enfocó sus ojos en el cielo nocturno.

Mientras la contemplaba en silencio,  lamenté de nuevo mi torpeza. No había elegido las palabras adecuadas para atenuar la distancia entre los dos.

Las luciérnagas sobrevolaban las plantas del jardín de la casa de ladrillos desteñidos por las lluvias. Se posaban especialmente sobre unas pequeñas flores blancas, que sólo se abrían en las noches de luna llena.

Entonces la magia sucedía. Envuelta en tu campera gruesa, comenzabas a acariciar sus pétalos y una sonrisa se adueñaba de tu rostro.  Tan hermosa y serena.

Tan ajena. Cuanto hubiera deseado ser la razón de esa felicidad espontánea.

¿Qué recordabas Malena? ¿A caso tu infancia, el perfume de otras primaveras?  ¿Algún viaje lejano, compartido en la juventud?

¿O quizás aquellos días donde todavía te importaba…donde todavía me querías?

Sabrán disculparme.  Hay momentos en los que la ilusión se divierte conmigo.

Ya es hora. Te tomo del brazo con delicadeza. Y despacio,  con calma, volvemos a la realidad de todos los días. Donde tu mente ya no es tuya. Donde tu alma ya no es mía.