Desconexión

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-Tenés una de las miradas más dulces y más tristes a la vez, ¿por qué será?

La pregunta resonó en medio del aire que nos envolvía pero la respuesta nunca apareció; Malena decidió simplemente ignorarla. Y entonces enfocó sus ojos en el cielo nocturno.

Mientras la contemplaba en silencio,  lamenté de nuevo mi torpeza. No había elegido las palabras adecuadas para atenuar la distancia entre los dos.

Las luciérnagas sobrevolaban las plantas del jardín de la casa de ladrillos desteñidos por las lluvias. Se posaban especialmente sobre unas pequeñas flores blancas, que sólo se abrían en las noches de luna llena.

Entonces la magia sucedía. Envuelta en tu campera gruesa, comenzabas a acariciar sus pétalos y una sonrisa se adueñaba de tu rostro.  Tan hermosa y serena.

Tan ajena. Cuanto hubiera deseado ser la razón de esa felicidad espontánea.

¿Qué recordabas Malena? ¿A caso tu infancia, el perfume de otras primaveras?  ¿Algún viaje lejano, compartido en la juventud?

¿O quizás aquellos días donde todavía te importaba…donde todavía me querías?

Sabrán disculparme.  Hay momentos en los que la ilusión se divierte conmigo.

Ya es hora. Te tomo del brazo con delicadeza. Y despacio,  con calma, volvemos a la realidad de todos los días. Donde tu mente ya no es tuya. Donde tu alma ya no es mía.

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