Lilen

Estándar

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Aspiró rápidamente el aire, y lo retuvo un rato, antes de dejarlo escapar. La luz verde del semáforo le permitía cruzar la concurrida avenida, pero no lo hizo. Su mirada se enfocó en unos destellos azules cerca del cordón de la vereda. Se acercó y con cuidado, se arrodilló por un momento para verlas mejor. Eran unas flores pequeñas, de pétalos puntiagudos, que se dirigían en varias direcciones, quizás en un intento desesperado por hallar el reflejo del sol. Mientras los transeúntes cruzaban la calle, Lilen descubrió con cierta sorpresa como una mariposa anaranjada se posaba en una de esas flores. Observó la escena por unos segundos más, hasta que el bocinazo de un auto la trajo de nuevo al mundo real. Un poco molesta por la interrupción, se levantó enseguida, cargó la mochila al hombro y se dirigió al colegio.

-Lilen, ya es hora.- la voz provenía de un lugar muy lejano, pero ella no podía distinguir de donde.- ¡Lilen!

Abrió los ojos y pudo sentir como todos la miraban al mismo tiempo. Algunos de sus compañeros reían por lo bajo. Y en un instante, la cara le ardía tanto que casi no la sentía. Pidió disculpas a su profesora Daniela, que suspiró una vez más, y continuó con la clase de matemática.

Atardecía en Amancay, y Lilen regresaba a casa a paso lento, como no queriendo volver. Se sentó un rato a orillas del río que bordeaba la ciudad, y mojó sus pies en el agua cristalina. Murmullos de hojas y pájaros silvestres se confundían, se mimetizaban entre sí. Lilen sonrió, y sus pensamientos se dispersaron en melodías y recuerdos de otros días. De aquello que su abuelo le enseñó una vez y decidió nunca olvidar:

A veces sólo se trata de querer…

De soñar con la libertad de quien no tiene miedo a nada.

De cruzar puentes imaginarios en soledad.

De darle la importancia debida a la simple contemplación.

Y de sonreír Lilen, sobre todas las cosas, sonreír siempre.

Para que el alma no deje de latir.

Siempre…

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moon on the water

Nos acercamos despacio, con cautela. A los recuerdos dormidos en dejos de nostalgias, de suspiros. Perdidos en el viento.

Juntos, soltamos las manos de los que nos conocieron. Los olvidamos en escasos segundos de inocente rebeldía.

Se liberan las palabras, los gestos, las alondras en medio de la gris ciudad.

Los murmullos de las hojas nos animan a seguir el camino repleto de cicatrices.

El reloj me avanza, me interroga. Dudo.

Aguardo una eternidad breve.  Seco unas lágrimas que ya no duelen.

Me sonríen los destellos de un pasado solitario,  ajeno a los miedos de los otros.

Un desencanto tan familiar se apodera del espacio que nos divide, que nos añora.

Comprendo. Repito. Asumo.

Que la muerte es irreversible.

Que la vida es una sola.

Sólo mía.

Y el amor. Siempre el amor entre los dos.