Invisible

Estándar

El Principito

Realmente es curioso cómo funciona la mente humana. Si escarbo en mi subconsciente, en la inmensidad de la noche profunda, puedo verla con claridad. Sentada en la vieja máquina de coser, concentrada en la precisión de cada puntada, en las formas de los moldes para confeccionar aquellos vestidos tan delicados. Mi mirada se suspendía en el lunar de su mejilla, en los rulos oscuros de su melena corta. Y su voz potente me llamaba, liberándome del trance en el que me encontraba sumergido. Todavía puedo escucharla; tan cerca se oye que por un breve segundo la ilusión se vuelve real…
5 AM. La alarma repite su sonido sin parar. Despierto. Es hora de volver al trabajo, a las charlas rutinarias de hombres de negocios, enfundados en trajes impecables que no cesan de hablar de cifras, inversiones y dinero. Finjo escuchar con un interés exagerado, mientras sus bocas escupen las palabras superficiales de siempre, y les respondo a la altura de las circunstancias. Con más números, risas falsas y un cigarrillo entre mis labios que encaja a la perfección con el mundo en el que habito. Después de varias horas, decido salir a tomar aire, y en el camino compro unas medialunas en la panadería de la esquina de la oficina. Hoy es un día de pleno sol, ideal para caminar. Cruzo la calle para descansar en la plazoleta repleta de chicos que juegan a la pelota, y padres que los animan con sus gritos desaforados. Y es esa despreocupación, esa liviandad con la que juegan, la que me transporta a unos días lejanos, tan distantes de mi yo actual, que tengo casi la plena convicción de que los olvidé por completo. O quizás se esconden dentro de mí porque duele recordarlos. El nudo de la corbata me asfixia. Lo aflojo y me siento en un banco a relajarme un rato. Un perro callejero, de patas flacas y largas, me mira de reojo desde el otro lado del arbusto de hojas amarillentas. Los dos sabemos que una desconfianza atroz nos separa, pero por alguna razón que no logro entender, el animal se acerca a mí. Sus orejas caídas y su expresión solitaria empiezan a martillarme por dentro. Es entonces que decido compartirle mi comida y él deja que lo acaricie, agradecido. Se queda echado a mi lado unos minutos más, pero una vez acabado el alimento sigue su rumbo. Y el lazo invisible que nos unía se derrumba inmediatamente.
6 PM. Me dispongo a dirigirme al coche, estacionado a unas pocas cuadras. Voy serpenteando las calles adoquinadas, mientras los autos se desplazan rápidamente de un lado a otro. La suave brisa va y viene sin detenerse. El aroma de un gran rosal, repleto de capullos y espinas, interrumpe mis pasos por unos segundos. Hermosas, sí, pero nada del otro mundo, pienso. Y reanudo mi viaje a casa, indiferente, como todas las tardes.
Luego de un par de días, algo me inquieta un poco. Y se hace imposible concentrarme en el trabajo. Sin proponérmelo, él aparece en mis pensamientos con su mirada consumida y su hocico alargado. Si bien dudo que vuelva a cruzarse en mi camino, no puedo evitar recordarlo. Es así que vuelvo al sitio donde lo vi. Nada. Ni rastros de él.
Después de una hora de espera inútil, decido volver a casa. Quiero continuar pero me detengo irremediablemente frente al gran rosal. La fragancia todo lo invade, todo lo envuelve. Cierro los ojos y ahí está ella… la veo de nuevo. La rosa roja adornando el pelo renegrido de mi madre. Una rosa tan única porque es ella quien le da vida con su sonrisa. Me abraza con fuerza y yo me despido de ella en la visión intangible del recuerdo. Entonces siento algo húmedo que me roza la mano. Abro los ojos y él me observa. El perro abandonado de la plaza me siguió sigiloso sin que me diera cuenta, y ahora descansa sobre sus patas traseras a mi lado. Le acaricio la cabeza y él se arrima contra mí, moviendo la cola en señal de reconocimiento. Esa simple acción me hace sonreír, como no lo hacía hace muchos años. La mirada de ese animal, tan transparente, me recuerda sin querer a los juegos, a las risas de aquellos días de mi niñez. Y respiro aliviado, porque finalmente lo comprendo… fueron esos pequeños instantes con mi madre, los que me hicieron feliz de verdad. Sólo que a veces uno se enoja demasiado con la vida, y el dolor de la pérdida consume todo aquello que vale la pena atesorar. Simples segundos de una vida cotidiana tan invisible para los demás y tan importante para mí.
-Vamos a casa- le digo a él, sin saber si me seguiría o no. Todavía había cierto recelo de su parte y sin embargo, creo que se dio cuenta de que me había domesticado. Despacio, nos fuimos caminando por la vereda, mientras el sol empezó a esconderse detrás de un cielo cada vez más y más oscuro.

Reescritura realizada en el taller literario, inspirada en el libro El principito, del autor Antoine de Saint-Exupéry.

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