Vacío

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Quiero sentir que el eco de tu voz permanece intacto
en algún rincón de esta historia fallida.
Que estepas y cielos de cristal se reconocen en la penumbra.
Viento y cenizas de un imposible sin retorno.
Y una soledad que me consume, me desvela.

Quiero robarte una sonrisa sin que lo descubras.
Mientras las miradas se aniquilan en pensamientos inocuos.
Voy desandando el camino que nos marcó la lluvia.
Indomables los recuerdos donde nos pertenecimos.

Espero y desespero en medio de estos versos tiranos.
Acuso al olvido de mis desgracias terrenales.
Porque ya no sé cómo vivir la vida que me dejaste.
Porque no sé cómo explicarle al amor que nos perdimos.

Mi cuerpo, mi demonio

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Me desperté y el día seguía siendo igual.
Su color, su aroma, su cielo; todo en el mismo orden como meticulosamente lo había dispuesto la madre naturaleza.
Me pregunté cuánto duraría mi encierro entre estas cuatro paredes. Semanas, meses, quizás años.
Inmersa en el calabozo de mis pasiones, en la amargura de mis pensamientos, en el rincón de mi soledad indefinida.
No entendía la gravedad de mi crimen.
Hasta que después de horas y horas de reflexionar, finalmente comprendí. La ceguera de mi subconsciente concluyó de manera abrupta y definitiva.
Se hizo la luz, como suelen decir. Mi propio enemigo había sido yo misma durante todo ese lapso doloroso.
Era inevitable. Verme al espejo y sentirme asqueada. El reflejo mostraba piel y huesos. Mi mente, completamente distorsionada, sólo veía la urgente necesidad de eliminar el alimento de mi organismo.
Primero llegaron los ruegos incesantes de mi madre, implorando con angustia que volviera a ser la de antes. Tan linda y llena de vida como antes. Ella no entendía que él no iba a quererme si seguía así, con el cuerpo deforme.
Deforme…que ciega estaba realmente.
Llegué al límite de odiarme y de odiar infinitamente a todos los que me rodeaban.
Qué alivio cuando pude dar el primer paso. Cuando pude distinguir como mi vida se iba fragmentando si no hacía algo al respecto.
¡Qué alivio! Hoy puedo decir que estoy sobreviviendo a mi calvario, que poco a poco estoy recuperando mi conciencia perdida, mi amor propio, mi paz. Los demonios se alejan…
Vuelvo a sentir de nuevo, digo adiós a las sombras de mi alma.

 

Hojas al viento

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Un viento helado recorrió el escenario arbolado, de luces sombrías. Las hojas secas se deslizaban junto a la corriente sin detenerse, describiendo un movimiento casi perfecto, una al compás de la otra. Lo esperaba. En realidad él no sabía si ella lo aguardaba o era parte del juego. Una de las hojas danzantes fue a parar a sus pies, la más amarilla. La que aún no había muerto por completo. Con delicadeza, la tomó del suelo. Unos pequeños destellos dorados reflejaban su nombre en el reverso.
-¿Por qué querías tanto que volviera?- resonó una voz clara en el parque solitario.
Él la buscó con sus ojos castaños, hasta que finalmente la halló. Se encontraba sentada en una de las ramas más bajas de un árbol de paraíso. Jugaba con un ramillete de flores violetas, de un perfume tan intenso que inundaba todo el espacio que los rodeaba.
La miró profundamente, como antes, intentando capturar en su memoria cada simple detalle, cada gesto. Impaciente ante su mutismo absoluto, ella se acercó rápidamente a su lado, y se plantó decidida enfrente suyo.
-¿Y? ¿No vas a decirme por qué insististe en que apareciera?-
La tenía cerca de nuevo, luego de padecer incontables noches de insomnio. Había rogado tanto, perdido en la monotonía de la irrealidad.
“Una sola oportunidad pido…sólo por un instante, quiero verla otra vez”
Acarició su rostro con infinita ternura, y ese simple movimiento bastó para calmarla. La abrazó fuerte; besó con amor sus labios, mientras las lágrimas se le escapaban sin querer. Ella comenzó a recordar el sentimiento que los había unido en vida. Y a cada caricia respondía con otra aún más dulce.
El tiempo se acabó; la tarde concluyó tan abruptamente como se había iniciado.
A pesar de la oscuridad, una luz resplandeciente empezaba a rodearla.
Con tono triste, preguntó:
-¿Me vas a olvidar?-
Él sonrió por unos segundos y simplemente le dijo:
-Nunca. Te llevo marcada en el corazón-
Entonces la amargura se disipó de su cara; ella le susurró al oído aquellas palabras que él anhelaba tanto escuchar, y se desvaneció en la eternidad crepuscular. Una nueva ola de hojas se arremolinó durante unos minutos. Luego, todo se calmó.
Despacio, él se marchó de aquel lugar, para no volver jamás.