Así nace

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Ella y el viento azulado.

Ella y las luces otoñales.

Búsqueda plena de formas y eufemismos.

Fantasías distorsionadas por la agonía.

 

Él y el cielo difuso.

Él y el destello aniquilador.

Fases de ritos y plegarias absurdas.

Gélidos los pesares que se develan.

 

Y en un medio hostil, degradante.

Los labios se llaman, se descubren.

Intermitencia temporal.

Y así nace.

Eso que llaman amor.

No lo olvides

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-Fue un amor cobarde, de esos que es mejor olvidar…- el resentimiento que escapaba de esos labios femeninos era demasiado evidente. A pesar de percibirlo, Gabriel prefirió callar. Sus palabras habrían sido inútiles; nada la haría cambiar de opinión. Él sabía que ella lo odiaba profundamente.
-Hubieras querido que las cosas fueran diferentes ¿no?- le inquirió con tono pacífico, en un intento por calmar su rabia interna. Entonces Analía lo miró fijamente, como estudiándolo. Esos ojos añiles se clavaron en los de él, y él se quedó absorto por unos segundos, perdido en su mirada. Por un momento fue como si el tiempo volviera atrás. Pero en aquel entonces, las miradas eran tan distintas…tan sólo de amor.
Ella dejó de observarlo, se arrodilló cerca de la orilla, y sus dedos se sumergieron en el agua cristalina del lago. Por un breve instante, se encontraron inmersos los dos en medio del silencio nocturno.
-Sólo…-pronunció con una voz sentida, desconocida para él- sólo quería que ella fuera feliz. La única vez que la vi con una sonrisa verdadera fue en esas fotos, al lado tuyo.-
Él no supo que responder. Después de tantos años lejos, nunca había vuelto a experimentar lo que sintió por ella. La madre de la adolescente que tenía enfrente suyo representaba uno de los pocos recuerdos imborrables que se había llevado de ese lugar. El único, acaso. El volver allí y saber que ella se había ido para siempre, lo hacía sentir aún más culpable. Sin embargo, sus sentimientos permanecían ocultos. Presos de la amargura, incapaces de escapar.
-Para tu desgracia, mi mamá te quería demasiado. Y durante la enfermedad…bueno, digamos que se volvió más sensible. No dejaba de acordarse de todos los momentos con vos…pero eso ya no importa.-se levantó y acercándose a él lo abrazó. Atónito, sin saber cómo reaccionar, continuó inmóvil en su sitio.
-Antes de irse, me pidió que te diera un abrazo.-le susurró, y enseguida se separó de él.
-De todas las personas, ¿ella se acordó de mí?-la pregunta le carcomía el alma por dentro, necesitaba saberlo.- ¿por qué? Si la lastimé tanto, ¿por…por qué?.-No lograba entenderlo. El dolor por su pérdida comenzaba a resquebrajar su coraza de hierro, de estúpida indiferencia.
-Quien sabe…-y le volvió a dirigir la mirada, de ojos azules.-el amor no entiende ni de razones, ni de olvido…eso era lo que ella solía decir.-
La luna, la inconstante luna lo llamaba de nuevo. La contempló taciturno. Como antes, junto a ella. Cada palabra, cada sonrisa retornó a su memoria.
-Tenés razón. Realmente fue un amor cobarde.- y prosiguió, apesadumbrado.-Pero por mi culpa. Ojalá puedas perdonarme algún día.
Los ojos tristes de Gabriel le atravesaron el alma. Ella desvió la vista, y comenzó a caminar en dirección a la avenida principal, de regreso a su casa.
Sin embargo se detuvo por unos segundos y le habló por última vez.
-Ella ya no va a volver. La perdí y no se puede hacer nada más.- las lágrimas comenzaban a deslizarse por su rostro, y ella se las secó enseguida con la manga de la camisa, para que él no las viera.- Simplemente guarda en tu memoria un poco de ese amor y no lo olvides nunca.
Y corriendo, ella se alejó de aquel lugar. Gabriel respiró hondo y sintió como el aire puro le invadía los pulmones. El dolor se disipaba muy despacio.
Te lo prometo, Analía.- pensó para sus adentros.
Y con paso lento, también se marchó de allí, mientras la noche todo lo envolvía.

Sombra

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WOMAN

Vislumbré un jardín en el que deseaba quedarme para siempre.
Simplemente suspendida.
Adormecida en los vaivenes de la vida silvestre.
Entonces supe que lo había hallado.
Y en medio de la oscuridad cotidiana, llamé al viento.

Silencio.
Ecos vacíos de respuestas.

Comprendí, a mi pesar, que el ocaso de su voz ya no me pertenecía.
Distinguí en la soledad de la razón el secreto de mis miedos más profundos.
Alternativas y un dejo de existencia que se resquebraja.
El vuelo de una mariposa frágil, que va al bosque a morir.

Dulces las amarguras de la inconsciencia perdida.
Rota la noche eterna de tanto quererla;
y una luna que se esconde, que se aleja.
Desmoronamiento del mundo interior.

Soy sólo una sombra que vive de ilusiones.
Sumisa. Pequeña.
A la espera de todo aquello que pudo haber sido.
De todo aquello que amé.