Itatí

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Manuel corría sin detenerse ni por un minuto. Sus pies se movían a toda velocidad, dispersando el polvo a su paso.
El camino, un simple empedrado de piedras grises y tierra colorada, se perdía enseguida en medio de la selva misionera, cubierta de helechos de un verde oscuro y otras plantas de diversas formas y tamaños. Entonces el río, generalmente apacible, parecía despertar del letargo cuando él llegaba. Su abuelo siempre le decía que tuviera cuidado en lo profundo de la selva, ya que allí aún vivían los indios guaraníes.
Su nieto nunca daba importancia a sus advertencias. Desbordaba tanta energía, reflejo de su adolescencia… en su mirada afable, en su risa fácil y despreocupada.
Apenas llegó al río, de un tirón se sacó su uniforme remendado y se lanzó al agua. Era el alivio de Manuel después de un día de intenso calor. Se sumergió durante un rato, y luego de unos minutos, al abrir sus ojos cual no sería su sorpresa al descubrir que otro par lo observaba fijamente. Asustado, subió a la superficie y tomó aire. Miró a su alrededor, pero no encontró a nadie más. Hasta que sintió que se acercaban a él bajo el agua. Con el corazón desbocado, se dirigió a la orilla con rapidez. Sin previo aviso, antes de que pudiera reaccionar, lo tumbaron contra el suelo y le sujetaron con fuerza los brazos.
Ella desprendía un aroma dulce que Manuel no podía reconocer. Su cabello era largo y renegrido; su piel curtida por el sol. Sin embargo, fueron sus ojos los que le llamaron la atención. No encajaban en su aspecto de india guaraní. Eran de un azul profundo; oscuro como el mismo cielo al anochecer.
A Manuel le costaba respirar; una sensación extraña le confundía los pensamientos. Ella acercó despacio su rostro al de él, como si estuviera examinándolo. No lo pensó. Sólo siguió un instinto desconocido hasta ese momento.
Y la besó.
Aturdida, ella se separó de él, y se desvaneció en medio de la selva.
A partir de ese momento Manuel volvió todas las tardes al río, sin entender muy bien por qué lo hacía… sólo con la esperanza de cruzarla de nuevo. Los días se habían transformado en noches, pero ella no aparecía.
Soledad.
Con una tristeza que nunca antes había sentido, lloró con desconsuelo, como lo haría un niño pequeño. Ya era tarde y debía volver, pero algo lo detuvo.
Pudo escuchar el crujido de unas ramas, y ella salió de su escondite, detrás de unos lapachos negros.
-No…No te vayas- hablaba con cierta dificultad el castellano, pero él entendió sus palabras.
Una calidez le comenzó a abrazar el alma. La invitó a sentarse a la orilla del río y con cierto nerviosismo, le habló de sí mismo, de su familia… de esa vida que ella desconocía. Itatí, la bella india, se sentó a su lado y lo escuchó atenta, mientras una sonrisa asomaba en sus labios.

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