Cerca

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Puedo sentirte los latidos, aún a miles de kilómetros de distancia.
Tu voz resuena un tanto distorsionada por la deficiente conexión.
Poco importa. Basta mirarte los ojos a través de la pantalla.
Y la ilusión de estar cerca se transforma en realidad.

Es difícil, no te lo niego.
Cada milésima de segundo retumba entre estas cuatro paredes.
Los días y las noches se suceden sin razón alguna.
El sufrimiento se libera y me aturde en la oscuridad.

Escribo, entonces.
Todos los pensamientos que cruzan por mi mente.
Intento continuar a pesar de la amargura.
Inmerso me encuentro en esta procesión interna.
Hasta que llegue ese momento.

Y es en la sonrisa que me regalas, que puedo volver a respirar tranquilo.
Sólo me queda esperar a que acabe esta desesperanza.
Mientras pido un único deseo al viento.
Que esta soledad no nos consuma.

Espero…
Hasta que llegue ese momento.
Ese abrazo, ese beso…
Esa vida en la que estemos juntos de nuevo.

Creía

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Creía que la distancia entre los dos era imposible.
En verdad pensaba que no tenía razón de ser.
Tanto amor no puede acabar nunca… me decía.
El tiempo y sus demonios me demostraron lo contrario.

Escuchame con atención, por favor. No asumas que fue de golpe.
Poco a poco… como las gotas de una lluvia de verano.
Como los pétalos de una flor abriéndose al asomar la primavera.
Así deje de quererte.

Nuestros deseos bifurcaron sus rumbos.
Nuestros sueños se soltaron de las manos.
Lejos. Tan distantes que reconocerlo ya no duele.
Es necesario seguirle los pasos al futuro sin aquel “nosotros”.

Frustración y un miedo a la soledad que nos sopla despacio en la nuca.
Pero es la realidad que prevalece hoy.
Me despido con un poema desperdigado en la brisa nocturna.
Y agradezco con el alma el haberte conocido.

Adiós, amor.
Adiós.

Esa palabra…

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Las seis. Abro lo ojos, mientras el sonido del reloj repiquetea en medio del silencio. Los nervios me están matando. Y aún así intento respirar hondo y concentrarme. Agarro el celular y con unos dedos torpes tipeo la respuesta a la ansiada invitación. Me contestas enseguida, como si hubieras estado esperando ese mensaje. Y no puedo evitar sonreír, oculta debajo de mi frazada gris.
Día nublado el que nos toca hoy. El viento recorre miles de kilómetros con una rapidez que carece de importancia en este momento.
Se vicia el aire de un smog artificial que ahoga y desespera. Nadie lo nota. Ensimismados en sus pensamientos; absortos por el trabajo, los agotamientos, la gente se mimetiza en las calles de cemento de esta inmensa ciudad.
Mudos los otros… y es en esa agonía terrenal de la que nadie espera nada, que nos encontramos. Y tus ojos oscuros delatan el deseo irrefrenable de sentirnos.
Acaricias mi pelo, mi boca y todo pierde el sentido de lo correcto.
El alma se desboca, desaparece la razón.
Susurras esa palabra…
El miedo quiere apoderarse de mí.
Pero tengo que confiar.
Necesito creer en esa palabra, sólo por esta vez.
Aún cuando no sea para siempre.

Busco

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Busco…
Unas alas que me devuelvan los años perdidos.
Un retazo de esa esperanza que deje escapar en otoño.
Versos que sacudan el remolino de mis pesares.
Y una estela de aquella sonrisa que le regalé.

Dicen que los seres que nunca se olvidan, habitan dentro.
Hondo, profundo, dejan su cicatriz.
Perfuman el aire de los recuerdos que nos invaden.
Alimentan el anhelo de volver el tiempo atrás.

Si analizo cada gesto que descubrí en la memoria.
Si dibujo en las manos de inocentes el deseo de llorar.
Entonces todo renace en un momento.
El alma se detiene; se eleva en la oscuridad.

Encuentro…

Aquella felicidad por todo lo que viví.