Agonía

Estándar

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Estaba lista para dejarme ir a mí misma. Para escapar de esta memoria nefasta que sólo me recordaba la infelicidad que rondaba cada uno de mis días y de mis noches. Todo estaba perfectamente planeado. La carta de despedida descansaba sobre la mesa de luz. Se la dejaba al único amigo real que había tenido en el mundo. Me dolía tener que causarle esta angustia, y sabía que no me lo iba a perdonar, pero mi dolor era más grande; era más importante ya no sentir nada. La brisa nocturna se colaba por la rendija de la ventana y el perfume a lavandas se entremezclaba con mis pensamientos. Era una noche despejada, con una luna brillante…digna de una película de amor. Sólo que en esta historia él no estaba a mi alcance; nunca lo estuvo. Teniendo eso claro, el deseo irremediable de desaparecer para siempre se convirtió en mi obsesión. Finalmente logré estar preparada, libre de las ataduras de esta vida. Entonces le permití a la oscuridad que hiciera su trabajo; que borrara todo este pasado mío, este ahogo, este desamor que tanto me había lastimado el alma…
El reloj avanzaba lento. Ya habían pasado cinco meses desde esa noche fría del 7 de julio. Julián la contemplaba silencioso, mientras ella parecía dormir apaciblemente. Sin embargo, unos aparatos conectados a su cuerpo indicaban que su situación era otra; su aspecto demacrado hacía difícil creer que ella fuera la hermosa mujer que él conoció algunos años atrás. Aquella que encandilaba a las personas con su voz profunda y llena de sentimiento todas las noches en su show de tango. Pero fueron sus ojos almendrados, esos que ocultaban cierta melancolía, los que invadieron la mente y el corazón de Julián.
Empezó a frecuentarla. Las tardes soleadas fueron testigos de sus encuentros en distintos cafés del barrio de San Telmo. Se llamaba Anabel. Tenía su misma edad y un cabello largo negrísimo, que resaltaba aún más sus facciones delicadas. Sin embargo, a pesar de la conversación animada, su mirada siempre estaba como perdida, ajena. Ensimismada en unos recuerdos a los que él no tenía acceso y que, por miedo a perder su amistad, tampoco insistía en conocer.
Una noche, mientras él iba al camerino a saludarla, escuchó la discusión entre Anabel y un hombre del cual no reconocía la voz.
-Por favor no te vayas, no podés dejarme, por favor…- le rogaba desesperada.
– A ver si podes entenderlo, se terminó, no te quiero ver más… ¡grabátelo en la cabeza de una vez!- le gritó hiriente aquel desconocido.
Al salir, un hombre alto de traje azul chocó con Julián, y sin disculparse, se marchó rápido del lugar. Anabel estaba arrodillada en el suelo, con los ojos almendrados llenos de lágrimas. Julián se acercó a ella y la abrazó con ternura. Pero ese consuelo no alcanzó para ella y las consecuencias no se hicieron esperar… 
Después de tanto tiempo en el hospital, mientras Julián aún la vislumbraba con la mirada triste, ella abrió los ojos finalmente.
-En..enfermera, ¡venga rápido!- gritó él, precipitándose hacia la puerta, como un loco.

5 años después…
Abrió el sobre rápidamente y leyó las líneas escritas prolijamente con tinta azul.
“Esta tarjeta es para alguien muy especial…un gran amigo que me rescató en todas las formas posibles. La nieve lo está cubriendo todo a mi alrededor, pero el sol está saliendo de a poquito. Te espero, impaciente…no tardes mucho Julián. Te prometo que esta cena de año nuevo va a ser diferente; hay algo muy importante que tengo que decirte.
Anabel”

A pesar de la lluvia y el cielo plomizo, una sonrisa tímida se escapó de los labios de Julián.