Renacer

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Mi voz ya no busca los cielos que alguna vez te tocaron el alma.
Necesita desprenderse de aquel reflejo de luna que nos vició la razón.
Callarse la tristeza y avanzar hacia los puentes que nos dividieron.
Y en el murmullo incesante de la hojarasca develarte el secreto.

Amor…
Extraño la sensación del viento rozando nuestra intimidad.
Condena absurda que me arrebata la sencillez de tu sonrisa.
Pero es vital seguir el camino del adiós.
Penando me desligo de mi ser y respiro profundo en el frío nocturno.
Sin ataduras ya, soy capaz de comprender esta nueva realidad.

Amor…
Te recuerdo y al mismo tiempo te olvido.
Para que los restos de lo que ya no soy renazcan en otra parte.
Te recuerdo y al mismo tiempo te olvido.
Para que una canción atraviese los latidos que dejaron de existir.

Melodía olvidada

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Una melodía olvidada se escapa de esos labios tristes.
Y puedo distinguir la soledad en aquellos ojos de ceniza.
Serenidad palpable en medio del silencio; el viento que nos despide.
Un mundo girando en un tiempo que nunca espera.

Lágrimas grises se delatan en la oscuridad que me abraza.
Y esa ternura de estelas que deseo encontrar me ciega.
Descifrarte los pensamientos; vislumbrarte el alma.
No alcanzan las voces para recuperar lo que perdimos.

Si pudieran devolvernos ese dejo de nostalgia.
Esa dulzura que nos susurró al oído la primera vez.
Si tan sólo fuera posible hallarnos en la sombra del hoy.
Fases de lunas eternas que me recuerdan lo que fuimos.

Una melodía olvidada se escapa de esos labios tristes.
Y puedo distinguir la soledad en aquellos ojos de ceniza.
Vagando en noches absurdas, en oscuridades mundanas.
Un amor girando en un tiempo que nunca espera.

Agonía

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Estaba lista para dejarme ir a mí misma. Para escapar de esta memoria nefasta que sólo me recordaba la infelicidad que rondaba cada uno de mis días y de mis noches. Todo estaba perfectamente planeado. La carta de despedida descansaba sobre la mesa de luz. Se la dejaba al único amigo real que había tenido en el mundo. Me dolía tener que causarle esta angustia, y sabía que no me lo iba a perdonar, pero mi dolor era más grande; era más importante ya no sentir nada. La brisa nocturna se colaba por la rendija de la ventana y el perfume a lavandas se entremezclaba con mis pensamientos. Era una noche despejada, con una luna brillante…digna de una película de amor. Sólo que en esta historia él no estaba a mi alcance; nunca lo estuvo. Teniendo eso claro, el deseo irremediable de desaparecer para siempre se convirtió en mi obsesión. Finalmente logré estar preparada, libre de las ataduras de esta vida. Entonces le permití a la oscuridad que hiciera su trabajo; que borrara todo este pasado mío, este ahogo, este desamor que tanto me había lastimado el alma…
El reloj avanzaba lento. Ya habían pasado cinco meses desde esa noche fría del 7 de julio. Julián la contemplaba silencioso, mientras ella parecía dormir apaciblemente. Sin embargo, unos aparatos conectados a su cuerpo indicaban que su situación era otra; su aspecto demacrado hacía difícil creer que ella fuera la hermosa mujer que él conoció algunos años atrás. Aquella que encandilaba a las personas con su voz profunda y llena de sentimiento todas las noches en su show de tango. Pero fueron sus ojos almendrados, esos que ocultaban cierta melancolía, los que invadieron la mente y el corazón de Julián.
Empezó a frecuentarla. Las tardes soleadas fueron testigos de sus encuentros en distintos cafés del barrio de San Telmo. Se llamaba Anabel. Tenía su misma edad y un cabello largo negrísimo, que resaltaba aún más sus facciones delicadas. Sin embargo, a pesar de la conversación animada, su mirada siempre estaba como perdida, ajena. Ensimismada en unos recuerdos a los que él no tenía acceso y que, por miedo a perder su amistad, tampoco insistía en conocer.
Una noche, mientras él iba al camerino a saludarla, escuchó la discusión entre Anabel y un hombre del cual no reconocía la voz.
-Por favor no te vayas, no podés dejarme, por favor…- le rogaba desesperada.
– A ver si podes entenderlo, se terminó, no te quiero ver más… ¡grabátelo en la cabeza de una vez!- le gritó hiriente aquel desconocido.
Al salir, un hombre alto de traje azul chocó con Julián, y sin disculparse, se marchó rápido del lugar. Anabel estaba arrodillada en el suelo, con los ojos almendrados llenos de lágrimas. Julián se acercó a ella y la abrazó con ternura. Pero ese consuelo no alcanzó para ella y las consecuencias no se hicieron esperar… 
Después de tanto tiempo en el hospital, mientras Julián aún la vislumbraba con la mirada triste, ella abrió los ojos finalmente.
-En..enfermera, ¡venga rápido!- gritó él, precipitándose hacia la puerta, como un loco.

5 años después…
Abrió el sobre rápidamente y leyó las líneas escritas prolijamente con tinta azul.
“Esta tarjeta es para alguien muy especial…un gran amigo que me rescató en todas las formas posibles. La nieve lo está cubriendo todo a mi alrededor, pero el sol está saliendo de a poquito. Te espero, impaciente…no tardes mucho Julián. Te prometo que esta cena de año nuevo va a ser diferente; hay algo muy importante que tengo que decirte.
Anabel”

A pesar de la lluvia y el cielo plomizo, una sonrisa tímida se escapó de los labios de Julián.

Luces

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Luces encadenadas a un mañana incierto.
Madrugadas de insomnio; fugaces las almas se revelan.
Latidos, miles de ellos.
Repartidos por cada rincón de esta ciudad infinita.

Cafés y edificios grises que invaden nuestros caminos.
Pisadas desconocidas, y un mar de gente invisible.
Agobiados, estáticos se pierden en el cemento vivo.
Voces desperdigadas en multitudes de ausencias.

Nos seguimos, nos alejamos de los corazones rotos.
Tus manos y las mías enredadas en un aire que nos sofoca.
Volamos libres, sumidos en un sinfín de emociones.
Amándonos en los recovecos de esta oscura Buenos Aires.

Mientras nadie nos ve.
Ocultos.
Lejos de las luces que todo lo señalan.
Lejos de la soledad que nos aniquila.

Necesitaba que lo supieras

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Necesito que me oigas tan claro como puedas. Que puedan llegarte tan cerca estas palabras como las siento dentro de mí. Es una confesión común, como todas las que habitan el mundo entero. Pero sé que no puedo expresarme como quisiera frente a vos, por eso la mejor manera que encontré de decírtelo es a través de una carta.
Hay muchas cosas que escribir…tanto que volcar en estas hojas de papel. Y a pesar de eso, no quiero aburrirte. No quiero que pienses que me ahogo en mil frases sin sentido. Es complicado hablar de este sentimiento que empezó a invadirme desde que nos cruzamos por primera vez a los catorce años. Es difícil cuando siempre fui invisible para vos, cuando nunca reparaste en mis ojos.
Y aun así…acá estoy. Después de tanto tiempo. Intentando desde lo más profundo de mi ser olvidarme de mi conciencia, del potencial rechazo y de la vergüenza de enfrentarte. Junto todos los pedacitos de valor que se desdibujan en mis manos, que tiemblan inevitablemente.
Entonces decido escribirlo. Me atrevo a soñar por un rato que las posibilidades son infinitas. Aunque el futuro juntos tal vez no sea una realidad, no quiero quedarme con la duda.
Es por eso que necesito que me oigas tan claro como puedas. Que los trazos de tinta sean la manera en que me veas finalmente.

Yo te amo.
Y aunque no sea correspondido, necesitaba que lo supieras.

Mirada

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Silentes las estrellas que rondan nuestro cielo.
Sinceras las voces que estallan en medio del vendaval.
Dulzura inconmensurable que atrofia los pensamientos.
Mirada etérea que revela lo que oculta la soledad.

Puedo guiarte a lo peor de mí; a los pasados desconocidos.
A todos los amores que perdí.
Puedo llevarte a los rincones oscuros de la memoria.
A aquellos parajes donde odié intensamente… donde fui infeliz.

Aún con toda esta vida que cargo en los hombros plagada de errores,
de fracasos.
Aún con el alma rota de tantos dolores infringidos.
Necesito que me digas…

¿Vas a ser capaz de quererme todavía?

Ella lo contempló por unos escasos segundos, con aquella intensidad tan suya. Y en un susurro apenas perceptible, se le escapó la respuesta:
Voy a amarte con todos tus demonios juntos.
Y sin más que decirle, lo abrazó con ternura para no dejarlo ir jamás.

Nostalgia

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Desgranando ausencias en el lecho de los recuerdos.
Si agudizo el oído, puedo sentir a las sirenas cantar.
Mar indómito, que dispara a mi sien con su espuma vertiginosa.
Noche atroz que desnuda los pasados de los otros.

Cenizas de unas luces otoñales; hojarasca de metal.
Se vacían las ciudades y el cemento ya no quema.
Agonizan los destellos de una humanidad cotidiana.
Vida y muerte se entremezclan con los primeros rayos de sol.

Huyen.
Aquellos que ya no sienten, que ya no esperan.
Vuelan.
Libres de las ataduras del enemigo invisible.

Mientras las despedidas son imposibles.
Mientras las olas se acurrucan en el alma.
Anhelo. Respiro hondo.
Y sueño.

Con una nostalgia que no me abandone el cuerpo.
Con ese alguien que se acuerde de mí…aún cuando sea tarde.
Aún cuando deje de existir.

Cerca

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Puedo sentirte los latidos, aún a miles de kilómetros de distancia.
Tu voz resuena un tanto distorsionada por la deficiente conexión.
Poco importa. Basta mirarte los ojos a través de la pantalla.
Y la ilusión de estar cerca se transforma en realidad.

Es difícil, no te lo niego.
Cada milésima de segundo retumba entre estas cuatro paredes.
Los días y las noches se suceden sin razón alguna.
El sufrimiento se libera y me aturde en la oscuridad.

Escribo, entonces.
Todos los pensamientos que cruzan por mi mente.
Intento continuar a pesar de la amargura.
Inmerso me encuentro en esta procesión interna.
Hasta que llegue ese momento.

Y es en la sonrisa que me regalas, que puedo volver a respirar tranquilo.
Sólo me queda esperar a que acabe esta desesperanza.
Mientras pido un único deseo al viento.
Que esta soledad no nos consuma.

Espero…
Hasta que llegue ese momento.
Ese abrazo, ese beso…
Esa vida en la que estemos juntos de nuevo.

Creía

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Creía que la distancia entre los dos era imposible.
En verdad pensaba que no tenía razón de ser.
Tanto amor no puede acabar nunca… me decía.
El tiempo y sus demonios me demostraron lo contrario.

Escuchame con atención, por favor. No asumas que fue de golpe.
Poco a poco… como las gotas de una lluvia de verano.
Como los pétalos de una flor abriéndose al asomar la primavera.
Así deje de quererte.

Nuestros deseos bifurcaron sus rumbos.
Nuestros sueños se soltaron de las manos.
Lejos. Tan distantes que reconocerlo ya no duele.
Es necesario seguirle los pasos al futuro sin aquel “nosotros”.

Frustración y un miedo a la soledad que nos sopla despacio en la nuca.
Pero es la realidad que prevalece hoy.
Me despido con un poema desperdigado en la brisa nocturna.
Y agradezco con el alma el haberte conocido.

Adiós, amor.
Adiós.

Esa palabra…

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Las seis. Abro lo ojos, mientras el sonido del reloj repiquetea en medio del silencio. Los nervios me están matando. Y aún así intento respirar hondo y concentrarme. Agarro el celular y con unos dedos torpes tipeo la respuesta a la ansiada invitación. Me contestas enseguida, como si hubieras estado esperando ese mensaje. Y no puedo evitar sonreír, oculta debajo de mi frazada gris.
Día nublado el que nos toca hoy. El viento recorre miles de kilómetros con una rapidez que carece de importancia en este momento.
Se vicia el aire de un smog artificial que ahoga y desespera. Nadie lo nota. Ensimismados en sus pensamientos; absortos por el trabajo, los agotamientos, la gente se mimetiza en las calles de cemento de esta inmensa ciudad.
Mudos los otros… y es en esa agonía terrenal de la que nadie espera nada, que nos encontramos. Y tus ojos oscuros delatan el deseo irrefrenable de sentirnos.
Acaricias mi pelo, mi boca y todo pierde el sentido de lo correcto.
El alma se desboca, desaparece la razón.
Susurras esa palabra…
El miedo quiere apoderarse de mí.
Pero tengo que confiar.
Necesito creer en esa palabra, sólo por esta vez.
Aún cuando no sea para siempre.